¿Te sedujo alguna vez el Diablo?

-De cualquier modo, el resultado final es el mismo: la condenación -repitió el ademán de firmar en el aire un contrato imaginario-. Se paga con la inocencia del alma.

Ella suspiró otra vez.

-Tú pagaste hace tiempo, Corso. Todavía lo haces. Resulta curioso ese hábito de aplazarlo todo para el final, a modo de último acto en una tragedia... Cada uno arrastra su propia condena desde el principio. En cuanto al diablo, sólo es el dolor de Dios; la cólera de un dictador cogido en su propia trampa. La historia contada del lado de los vencedores.

-¿Cuándo ocurrió?

-Hace más tiempo del que puedes concebir. Y fue muy duro. Peleé cien días y cien noches sin cuartel ni esperanza... -una sonrisa suave, apenas perceptible, apuntó en un extremo de su boca-. Ése es mi único orgullo, Corso: haber luchado hasta el final. Retrocedí sin volver la espalda, entre otros que también caían de lo alto, ronca de gritar mi coraje, el miedo y la fatiga... Por fin me vi, después de la batalla, caminando por un páramo desolado; tan sola como fría es la eternidad... Todavía, a veces, encuentro una señal del combate, o un antiguo compañero que cruza por mi lado sin atreverse a levantar los ojos.

-¿Por qué yo, entonces? ¿Por qué no buscaste en el otro bando, entre los que vencen?.. Yo sólo gano batallas a escala 1:5000.
La chica se volvió a lo lejos, hacia la distancia. El sol despuntaba en ese instante, y el primer rayo de luz horizontal cortó la mañana con un trazo fino y rojizo que incidía directamente en su mirada.
Cuando se volvió de nuevo a Corso, éste sintió vértigo al asomarse a toda aquella luz reflejada en los ojos verdes.

-Porque la lucidez no vence jamás. Y nunca mereció la pena seducir a un imbécil.

(El Club Dumas. Arturo Perez Reverte)

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No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. (Oscar Wilde)