EAP


¿DESEAS QUE TE AMEN?

¿Deseas que te amen? No pierdas, pues,
el rumbo de tu corazón.
Sólo aquello que eres has de ser
y aquello que no eres, no.
Así, en el mundo, tu modo sutil,
tu gracia, tu bellísimo ser,
serán objeto de elogio sin fin
y el amor... un sencillo deber.

Edgar Allan Poe

Versión de Andrés Ehrenhaus


Nunca apuestes tu cabeza al diablo
(Fragmento)
Versión de Raquel Albornoz


"Con tal que las costumbres de un autor sean puras y castas -dice don Tomás de las Torres en el prefacio de sus Poemas amatorios- importa muy poco que no sean igualmente severas sus obras." Presumimos que don Tomás está ahora en el Purgatorio por dicha afirmación. Sería conveniente tenerlo allí, desde el punto de vista de la justicia poética, hasta que sus Poemas amatorios se agotaran o quedaran eternamente en los estantes por falta de lectores. Toda obra de ficción debería tener una moraleja, más aún, los críticos han descubierto que toda ficción la tiene. Tiempo atrás, Philip Melancthon escribió un comentario de la Batracomiomaquia, y demostró que el objetivo del poeta era estimular el desagrado por la sedición. Pierre La Seine fue un paso más allá, y mostró que la intención era recomendar a los jóvenes temperancia en la comida y la bebida. Por su parte, Jacobus Hugo se convenció de que en Euenis, Homero insinuaba a Calvino, que Antonio era Martín Lutero, que los lotófagos eran los protestantes en general, y las arpías, los holandeses. Nuestros escoliastas, más modernos, son igualmente agudos. Estos individuos encuentran un sentido oculto en Los antediluvianos, de una parábola en Powhatan, de nueve ideas en Arrorró mi niño y del trascendentalismo en Pulgarcito. En resumidas cuentas, se ha demostrado que nadie puede sentarse a escribir sin contar con un profundo designio. Así, los autores se ahorran muchos problemas. Un novelista, por ejemplo, no tiene que preocuparse por la moraleja pues está allí -es decir, en alguna parte de su obra-, y tanto ella como los críticos pueden arreglárselas solos. Cuando llegue el momento adecuado, todo lo que el caballero quería decir, y todo lo que no quería, saldrá a la luz en el Dial o en el Down-Easter, juntamente con todo lo que debería haber querido decir y aquello que claramente intentó decir, de modo que al final todo saldrá muy bien.
Por lo tanto, no hay motivo para la acusación que ciertos ignorantes me han hecho: que jamás escribí un cuento moral, o más precisamente un cuento con moraleja. No son ellos los críticos predestinados a hacerme salir a la luz y a desarrollar mis moralejas, ése es el secreto. Tarde o temprano el North American Quarterly Humdrum los hará avergonzar de su estupidez. Entretanto, para aplazar el ajusticiamiento y mitigar las acusaciones contra mí, ofrezco el siguiente y penoso relato, una historia cuya moraleja no puede ser cuestionada en absoluto ya que uno puede leerla en las letras mayúsculas que forman el título del cuento.

Leave a Reply

No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo. (Oscar Wilde)